
I was 16 years old on a youth group retreat in the mountains. One night, I opened my heart to the message being proclaimed: that God so loved the world that He sent His Son for us. Later, I lay under the pine trees and looked up at the countless stars. They seemed different. No longer cold, distant balls of chemical reactions, they appeared as an expression of God's love, as if He were giving those stars directly to me. The truth of God sending His Son changed how I saw the whole universe.
That is what today's Gospel reveals: "God so loved the world that he gave his only Son." (John 3:16) The universe is not just a whirl of impersonal forces or empty space. At its heart is a gift: the Father eternally giving the Son, not to condemn, but to bring life. This is not abstract doctrine but deeply personal. God gives His Son for you and me. Each human life is precious enough to be caught up in that eternal gift. It is in the Mass where we encounter this most directly. In the Word proclaimed, in the assembly gathered, in the priest, and above all in the Eucharist, the Father once again gives His Son. What looks like bread and wine is the drama of the Trinity, laboring to love us here and now.
The Trinity is not a puzzle to solve but the blazing Truth at the center of everything: the Father gives the Son for you and me. Lord, help us to see this more clearly.
¡Gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo! "¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16). Después de la solemnidad de Pentecostés, que celebramos el domingo pasado, la Iglesia nos invita ahora a celebrar el gran misterio de la Santisima Trinidad: misterio de amor y de unidad.
El Catecismo de la Iglesia Católica (número 253) nos habla del dogma de la Santísima Trinidad:
La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la Trinidad consubstancial". Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza". "Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina". Por la gracia del bautismo, "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad: aquí abajo, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz eterna (CIC 265). Dios es amor, y cualquiera de nosotros que haya experimentado lo que es el verdadero amor puede comprender, por la gracia del Espíritu Santo, este gran misterio de fe. La esencia de la Trinidad es servir y amar; por lo tanto, como cristianos, a eso estamos llamados: a servir y amar.
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